viernes, 14 de septiembre de 2007

AURELIO EL BARBERO

AURELIO EL BARBERO.

Aurelio el barbero estaba
bajando las escaleras
del metro y ya en las primeras
una voz le reclamaba:

¿dónde vas?, no hay ningún fuego
que te haga tanto correr
y si lo hay ya vas a ver
cómo lo terminan luego.

Era un paisano el que habló
y Aurelio se paro al pronto;
“me voy deprisa o no monto”
rápido le contestó.

¿En dónde vas a montar?,
pues un metro antes había,
pero cuando yo salía
pitó y se volvió a marchar.

Aunque luego se lo calla
seguro que pensaría
que sólo un tren pasaría,
igual que por Santa Olalla.

MAS AURELIO

Aurelio me lo contaba
como me contó otras cosas,
algunas más que sabrosas
de los sitos por que andaba.

En un pueblo no lejano
cuyo nombre no recuerdo,
si la memoria no pierdo
fue la banda del tío “Cano”

un “Cano” que satisface
a todos con su batuta
y al hacerlo bien disfruta,
así era el “Cano Malhace”.

A tocar va contratada
y según parece ser,
los músicos el comer
no lo hacían en la posada,

sino que les era dada
por el alcalde uno a uno
con el cura de consuno,
una casa acomodada.

En la banda estaba “el Chulo”
que tan buen “saque” tenía,
que comiendo parecía
que lo estaba haciendo un mulo.

Le calaron al momento
y ya desde el primer día
la señora se decía
“ay, Dios mío, qué tormento,

ya se enterará el alcalde
de lo que me ha hecho pasar
y caro lo va a pagar,
pues no le saldrá de balde”.

Con gesto de ácido prúsico
y la mirada asesina
al marido le conmina:
echa de comer al músico.

Cristino Vidal Benavente.

ANDREINA

ANDREINA

Andreína, mi cuñada,
me cuenta sus aventuras
que fueron las travesuras
de su época pasada.

Aquí las voy a escribir,
aunque sólo ponga alguna;
la que vea con más fortuna
para podernos reír.

Muchas cosas le han pasado
que son dignas de contar,
pero tengo que abreviar,
pues terminaría cansado.

La primera es como sigue:
que la que hoy es churrera
a su madre desespera,
pues con ella no consigue

que pruebe un triste bocado
pues flaca se va a quedar,
que entonces más que engordar
era lo más desgraciado.

Y se dirige a Andreína
a ver si consigue hacer
algo que la haga comer
de manera repentina.

Andreína de su casa
saca una vieja mimbrera,
va y se la encasqueta entera
y se va donde Tomasa

y con sábana se tapa
encima de la cabeza
y dando gritos empieza,
va a esconderse y se agazapa.

Y la niña que está al pie
no demuestra ningún miedo
y parece que ni un bledo
la importa cuando la ve.

Así que Andreína sale
de la casa de Tomasa
y se echa a reír con guasa
porque su disfraz no vale.

Pero al salir por la puerta
caminando ya sin prisa
otra Andreína, la Ortisa,
ve a su tocaya cubierta

con una sábana blanca
y a poco le da un telele,
pues un fantasma se huele
y a toda prisa se arranca

y va volando a su casa
igual que una exhalación,
le da un vuelco el corazón
y toda la noche pasa

entre sofoco y sofoco,
y Andreína mi cuñada
se va ya de madrugada
para descansar un poco

pues también la había afectado
lo que a la otra Andreína
de forma tan peregrina
el susto que la había dado.

ANDREINA DE NUEVO

Andreína vendía cal
que para eso era calera,
pero fuera como fuera
un día lo pasó fatal,

ya que su madre a Benita,
hija de la tía Ramona,
mandó, porque era mandona,
a por cal, que es tan blanquita

para encalar la fachada,
que mucha falta le hacía
de descostrones que había
que parecía una guarrada.

Benita pidió una arroba
y Andreína la pesó
y en el costal la metió,
pero dice que la roba

porque ella vio la romana
y que no llegó a pesar
lo que la quería cobrar,
pues no le daba la gana

pagar lo que le decía
y cargando con el saco
va y dice que es un atraco
y la mitad pagaría.

Andreína que la oyó
agarró a la tal Benita
y la cabeza enterita
en el costal la metió.

Incluso cerró el costal
y cuando luego lo abrió
la Benita apareció
tan blanca como la cal.

MAS ANDREINA

Andreína en un Santiago
zapatos quiso estrenar
y poniéndose a pensar
se dijo: “cómo lo hago,

Andreína tú no sales
con los zapatos que todas
se ponen hasta en las bodas
y que parecen iguales.

Además de que son raros
los que se compran aquí,
quince duros como vi
y a mí me parecen caros”.

Ni corta ni perezosa
saca de sus entresijos
ir a comprar a Torrijos
los zapatos y a otra cosa.

Así que a Torrijos fue
dispuesta y con alegría
y en cada zapatería
se prueba los que allí ve.

Entre los muchos que ha visto
elige los que le gustan
y sus precios no le asustan,
los paga contenta y listo.

Llegada al pueblo, se empeña
en que los vean en su casa
y así pasa lo que pasa
cuando las compras enseña.

Y es que le habían hecho un lío
los dependientes ingratos
y le dieron los zapatos
como los de en “ca Lucío”.

Y se acuerda de repente
que si aquí quince costaban
en Torrijos le cobraban
quince no, que fueron veinte,

pero ella va y disimula
y dice que diez pagó
y luego los estrenó
el día Santiago tan chula.

TODAVIA ANDREINA

También podemos cargar
a Andreína otra faena,
cuando consiguió sacar
más de una arroba de cena.

Su madre la dijo un día
que unos hormigos hiciera
y con ellos se ponía
haciendo de cocinera.

Cogió un buen montón de harina
y también una perola
y se fue hacia la cocina
tratando de hacerlos sola,

mas nunca los había hecho
y puso gran valentía
diciendo “a lo hecho pecho”,
que buenos los sacaría.

Echa el agua y a cocer
y aquello parece engrudo
y más agua va a meter
y llenó hasta donde pudo.

Cuando ya están bien calientes
los hormigos ya se van
y ella murmulla entre dientes:
“esto parece un volcán”,

que de la lumbre saliendo
por la cocina se extiende
y dice “lo que estoy viendo
seguro que nadie entiende”.

Por ver si aquello paraba
más agua volvió a meter,
pero cuanta más echaba
más se empeñaba en crecer.

Hasta que los retiró
y los fue metiendo en platos
que bajo camas metió
y los hormigos a ratos

resoplaban lentamente
y para apagar el ruido
se la pasó por la mente
un remedio divertido.

En un cofre los metió
dejando algunos afuera
y esa noche se comiera
sólo los que no tapó.

“Así salgo del problema”
rápidamente pensó
“y olvidemos este tema,
que nadie cuenta se dio”.

Pero no fue así la cosa,
que su madre fue a buscar
aquella faldita rosa
y a aquel cofre fue a parar.

Y cuando metió la mano
y los hormigos tocó
gritó quién sería el marrano
que en el cofre vomitó.

Y al ver que eran los hormigos
se enfadó mucho y la cara
puso de pocos amigos
y fue a buscar una vara,

con la que dio buena cuenta
de la pobre de Andreína
en la parte que se asienta
por usar palabra fina.