Estaba en el hospital
aquella anciana señora,
diciendo a su cuidadora
que se encontraba muy mal.
Que la ayudase a morir,
porque ya no soportaba
el dolor que la embargaba
y no aguantaba sufrir.
Que ya estaba muy cansada
y la vida que vivió
desde el día en que nació
se había convertido en nada.
De sus padres no se acuerda,
ni si tuvo hijos siquiera
y vive en tal cruel ceguera
que ni a su esposo recuerda.
Tiene un dolor tan profundo
día y noche, noche y día
que con vehemencia ansía
abandonar este mundo.
Le pregunta a la enfermera
el anciano que ahora entra
y que en la enferma se centra
si es posible que la viera.
La enfermera le contesta
que por qué la quiere ver,
si no le va a conocer
en situación como ésta.
No me conocerá a mí,
dice el anciano resuelto,
pero tenga usted. por cierto
que muy bien yo a ella sí.
Ella fue la que me dio
por siempre gran alegría
y jamás hubo ni un día
en que no correspondió
al cariño que le diera
y así pasó nuestra vida
que por desgracia se olvida
cuando era mi compañera.
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