lunes, 5 de noviembre de 2007

CORRIDA DE TOROS



“Espectáculo taurino”,
dicen los aficionados;
yo diría que es “asesino”,
ya que a los pobres astados

se les mata sin piedad
entre los grandes rugidos
sobrados de bastedad
que se oyen en los tendidos.

Es una visión dantesca
la que ofrece el noble toro
con la postura chulesca
del torero y como coro

voces de diez mil gargantas
que gritan fuera de sí,
que si las oyes te espantas
y que emplean gran frenesí

cuando barruntan la muerte
a la que llama el torero
al poner la bestia “en suerte”
no lejos del burladero.

Con la cabeza agachada
babea el pobre animal
y el torero, con la espada,
va a matarlo, pero mal,

que pincha en hueso y se sale
y así muchas veces más,
pues ninguna de ellas vale
y el toro se va hacia atrás,

tratando de conseguir
en una imposible huída
al menos poder morir
sin recibir otra herida.

Se oye en la plaza un bramido
cada vez más lastimero
del toro al que ahora ha herido
el arma del puntillero,

pero el animal resiste
y da cornadas al aire;
ya casi sin fuerza embiste
permaneciendo al socaire

sufriendo las felonías
de aquella cuadrilla cruel,
que con acciones impías
se ha ensañado tanto en él.

Mientras, el público grita
vociferando anhelante
a ver si el torero quita
la vida en cualquier instante

al toro, que no se puede
acrecentar tal martirio
y que en la plaza se quede
tan tremebundo delirio.

La afición, que es juez y parte,
yo no sé por qué motivo
a tal cosa llaman arte,
cuando es lo más primitivo

que conserva el ser humano:
el indeseable legado
que es hacer sufrir en vano
al débil y desarmado.

Encima se justifican
con una majadería
y según ellos explican
que el toro al mundo venía

sólo por ser toreado
y otra función no le cabe
mas que ésta que ellos le han dado
“como todo el mundo sabe”.

Hablan también que la fiera
tiene en la plaza defensa,
para ella la quisiera
presumo que el bicho piensa.

En los prados más tranquilo
y feliz se encontraría
comiendo de ellos y el silo
con otros en compañía.

Se han inventado un lenguaje
la mar de polifacético
consiguiendo el maridaje
entre taurino y poético,

pues las “faenas” vistosas
las presentan a sus fieles
con expresiones melosas
y así “a nardos y claveles”

dicen que son los aromas
a que huelen tales lances,
y más bien parecen bromas
que pretendidos romances.

La tan ponderada fiesta
tiene tales topicazos
que el escucharlos molesta
y para muestra unos trazos.

Si al poner las banderillas
una al suelo va a parar
dicen de tales varillas
que ha clavado “medio par”.

Hombres en trajes de luces
en estos tristes asuntos,
suelen ser siempre andaluces
o al menos serán presuntos,

pues cuando de ello se hable
ya sea uno, ya sea en coro
será siempre muy probable
digan “er mundo der toro”.

Llegan incluso a nombrar
al torero como “diestro”
y hasta le llegan a dar
el título de “maestro”.

Ojalá que el personal
se acuerde de San Francisco
e indulte al pobre animal
organizando tal cisco

y obligue a considerar
que espectáculo tan grave
como este de torturar
en España ya no cabe.

Es vergüenza manifiesta
que una fiesta tan brutal
en una nación como ésta
sea la Fiesta Nacional.

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