martes, 8 de enero de 2008

LOS ANCIANOS

Estaba aquella anciana acurrucada
al lado de la negra chimenea
en su silla de siempre, la de anea,
con los ojos prendidos en la nada.

Su marido dirige la mirada
hacia ella. Piensa en la panacea
que quisiera encontrar, por que la vea
tan bella como fue recién casada.

Su mano, con cariño, la entrelaza
con los dedos huesudos de su amada
y con voz semejante a la melaza

la dice que no hubiera sido nada
sin ella. Se levanta y va y la abraza
con la cara de lágrimas bañada.

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